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Opinión


4 de junio de 2020

Sirifo y el filólogo


Manolín de Sirifo era primo de mi padre, bastante mayor de él, y creo que soltero. Fue de los parientes que se quedaron siempre en la aldea y ello les confería un aire un arcaica dignidad. Ellos eran los que no se fueron, los que aceptaron la limitada existencia rural y mercader de aquel alto valle asturiano. Cuando digo mercader es porque algunos de sus paisanos, al llegar la primavera iban a vender por los pueblos cuencos de madera que ellos fabricaban. Al llegar el otoño volvían a sus casas. Por eso les llamaban “conqueiros”, no cunqueiros, aunque la tierra de Álvaro Cunqueiro está unas decenas de kilómetros.

 

Hacia 1945, apareció por la aldea de Xirifo, y de mis abuelos, un hijo de un paisano suyo que había emigrado a Estados Unidos hacía muchos años. Tantos que el hijo había nacido ya en América. Era un joven filólogo, y venía para abordar un trabajo que era un hermoso ejemplo de amor a la tierra de los padres. Joseph Pérez, que así se llamaba el lingüísta, escribió el libro sobre una jerga propia de cuatro aldeas donde aún se habla: la fala de Sisterna. El libro, editado por el Instituto Nacional de Investigaciones Científicas, se publicó en 1950, y en algunas de las láminas que lo ilustran aparece Xirifo, de unos cuarenta años entonces, trabajando en una era. Unos diez años después lo conocí porque vino a vernos a nuestra casa de Ponferrada. Xirifo salía poco de la aldea, pero una vez al año bajaba al Bierzo, después de dedicar un día entero a cumplir una ruta que le obligaba a utilizar tres autobuses sucesivos y viejos a partir de Villablino.

 

Una vez en Ponferrada, Xirifo se disponía a vivir intensamente sus mejores días del año. El asunto era sencillo: él organizaba una serie de visitas para comer en casas de sus parientes y se pasaba una semana, si no más, yendo de hogar en hogar, devorado por un apetito inenarrable, nunca visto. Xirifo iba a cada vivienda con tanta alegría que casi no le daba tiempo a pensar. En cuanto le ponían delante el primer plato del siempre generoso banquete, perdía el habla, o como mucho la sustituía por unas cuantas exclamaciones más bien primitivas, mientras iba trasegando la interminable sucesión de platos.

 

No había diálogo alguno en aquellas ceremonias. Xirifo iba al grano. Mi hermano Carlos yo y quedamos impresionados por aquel aquelarre. Xirifo sudaba, insistía, apoyaba la cabeza en una mano; luego en otra, bebía vino, pedía más pan y cuando llegaba el postre -siempre brazo de gitano- comía un trozo enorme, y después del café y la copa, ya se le empezaba a dibujar en los ojos la alegría que le estaba esperando en la cena porque lo suyo era un maratón incansable de casa en casa.

 

Son vidas que hay, cada uno vive la suya. Pocos días después Xirifo regresaba a su vida modestísima, a su elegida soledad, y también en aquellas fechas volvía Joseph Pérez de su visita anual a la aldea asturiana. A uno lo esperaba Nueva York y al otro el monte bravo. Y eran buenos amigos.

 

CÉSAR GAVELA

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