ESPECIAL EDUCACIÓN

Sombrero

Ataviarse la cabeza tiene su etiqueta, estricta, como corresponde a un estilo y a una personalidad. Con los años me he aficionado a los sombreros y los utilizo tanto en invierno como en verano. Nunca he sido presumido, pero mirándome al espejo con el chambergo puesto, como que doy un aire, quizás esnobista, de intelectualidad. Me pone esa sensación. Puede ser coquetería de mayor.

Llevar sombrero se asocia a personas de edad, pero en las  miradas a los entornos callejeros de mis paseos, observo con agrado como es complemento  de uso creciente entre jóvenes. Ellos pueden permitirse la insolencia de diseños más asociados a la ruptura costumbrista. No se atienen a medidas estándar de ala y copa. Se lo ponen, les gusta y tira palante. Los cuerpos y cabezas del todo sin pulir son campo abonado para las excentricidades.

El sombrero, en sus múltiples formas, sobre testas femeninas, me entusiasma. Opto por la cotidianidad del bulevar, frente a las fórmulas protocolarias de bodas y otros actos de alcurnia. Una pamela  dejando caer melena negra o trigueña sobre la espalda, me abre la cueva de Alí Babá, repleta de ensoñaciones sobre los misterios que puede esconder la portadora. Una mujer que tapa su cabeza es un axioma siempre pendiente de revelación.

Aquí, un aditamento de la vestimenta que se reserva en los hombre para los exteriores. Norma de urbanidad es que las cabezas bajo techo, sobre todo en recinto sagrado o jerárquico, queden al descubierto. Dicen los entendidos que suavemente sujeto con algunos dedos de la mano. Las manos también son la grúa de los sombreros en la elegancia social del saludo

Creo que el sombrero hace más a la persona que la persona al sombrero. Ejerce de cliché gansteril o policial. Decir guardia civil es remitirte de inmediato al tricornio. Lo mismo que con el bonete, que no puede reprimir los purpurados de las dignidades eclesiásticas. Y cuando en el cine me solazo con John Wayne, si queda a cabeza descubierta, se me difumina como un fantasma. Nadie como él ha sabido llevar el sombrero en las películas del oeste.

El verano me obliga al relevo del fieltro al panamá. También gasto. Mi viaje por la fantasía se detiene en una plantación antillana. Sombreros claros para regatear el sol de los trópicos y resaltar la quemazón cutánea del rostro.

Los sombreros, de estar tan cerca de las cabezas, son un cúmulo de historias.

ÁNGEL ALONSO