Num: 6917 | Viernes 15 de octubre de 2021
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Un cementerio en el corazón de la ciudad


Carmen Ramos/EBD

La historia de Ponferrada se escribe bajo los pies de La Morenica. Allí es donde encontraron descanso eterno decenas de ponferradinos. Y es que bajo las losas de pizarra del antiguo pavimento de la Basílica de la Encina –hoy cubiertas- se escribe una historia, la de una ciudad, y al mismo tiempo muchas, las de todos aquellos ciudadanos que un día decidieron fijar su morada final camino de la eternidad acogidos bajo el manto de la imagen de la Santa. Se trata del primer y único cementerio intramuros que tuvo la capital berciana. El mayor osario de la ciudad que todavía a día de hoy se conserva intacto.

Regidores, nobles, maestros o sacerdotes… Son algunas de las personalidades de la época cuyas familias decidieron que su destino final fuera la propia Basílica de la Encina. Y es que era todo un honor que sus restos acabaran en el interior del templo, ya que sólo algunos podían acceder a dormir el sueño eterno arropados por el calor de la patrona del Bierzo. Para ello sólo era necesario pagar al canon correspondiente. Los que eran más notables se enterraban dentro de la iglesia, se levantaban unas losas y se metía allí al muerto, explica el hoy rector dela Basílica de la Encina, Antolín de Cela.

Pero no todos tenían esa posibilidad. El destino del pueblo llano era el mismo pero con unos metros de diferencia. Y es que aquellos ponferradinos que no gozaban de una posición social tan privilegiada sabían que sus restos, una vez fallecidos, acabarían en el exterior del templo.

De esta forma se fue forjando el mayor osario de la historia de Ponferrada. Una costumbre medieval que arrancó allá por el siglo XIV, hacia el año 1.300. La Basílica de la Encina, tal y como la conocemos hoy -antiguamente la iglesia de la Virgendela Plaza-se construyó hacia el año 1.583. Pero fue una costumbre heredada. En el anterior templo también había enterramientos.

UN CEMENTERIO CERCADO

Ponferrada tenía entonces menos de 3.000 habitantes. Una villa que fue tomando importancia con el tiempo. La Cerca Medieval, de la que todavía hoy se conservan algunos restos en el casco antiguo, rodeaba el arco del Reloj, el arco del Paraisín, tenía otra puerta, la del Cristo, por la calle del Comendador y cerraba en el castillo. Por detrás, de la fortaleza, cercaba el Rañadero –por la puerta de las Nieves- subía por el convento de las Madres Concepcionistas, donde todavía se conservan sus restos y cerraba por el arco del Paraisín.

El primer cementerio de Ponferrada encontró su sitio dentro de esa cerca, en el interior de la propia Basílica dela Encina. Antolínde Cela explica que se trataba de una costumbre habitual de la época, volver a tierra santa, acabar donde uno había recibido el sacramento del Bautismo. Los primeros cementerios eran las iglesias, porque aquello era tierra santa, donde se habían bautizado volvían a terminar sus cenizas, señala. De hecho, también otros templos del municipio se convertieron entonces en camposantos. Este es el caso de la iglesia de San Andrés de Montejos, donde las obras de remodelación del pavimento han sacado a luz restos humanos que han sido depositados en el osario del actual cementerio de Montearenas. También en el Hospital dela Reina. Cuando se iniciaron las obras en el patio también encontramos huesos que los llevamos al cementerio de la ciudad, explica De Cela, quien recuerda que hubo también otro cementerio en Santo Tomás de las Ollas.

En la Basílica de la Encina, el lugar donde eran depositados los restos de sus ancestros se convertía, precisamente, en un espacio ocupado por sus familiares cuando acudían a participar en los oficios religiosos del templo. Era donde la familia rezaba después los domingos, cada uno se colocaba en el lugar de la tumba de sus ancestros, era su sitio, no había ninguna ley que dijera tenéis que colocaros ahí sino que la gente cuando entraba en la iglesia iba a donde estaban los suyos. De hecho, hay documentos en propiedad dela Basílica de la Encina que atestiguan el lugar exacto de enterramiento de cada uno. Hay actas en las que se dice yo cura párroco enterré a tal persona donde se lee el evangelio, donde se coloca la familia Mato del Palacio, por ejemplo, explica el rector.

La sobriedad era la tónica dominante de estos enterramientos. No podía haber cruces ni nada de eso porque dificultaba el espacio para las funciones religiosas, señala Antolín de Cela. En el caso de los más notables, en el lugar donde yacían sus restos se colocaba una losa de pizarra, en algunos casos, con el nombre del fallecido.

Con el tiempo fue cobrando cada vez más sentido los enterramientos fuera del templo porque había pestes y enfermedades y se decía que era de respirar las cenizas que había debajo y que eso podía ser problemático para la salud, y también por saneamiento los médicos aconsejaban enterrar a los muertos fuera. Fue entonces cuando el cementerio se pasó al atrio del templo. Como en Galicia, como en tantos pueblines en los que el cementerio está pegado a la iglesia e incluso a veces la rodea y necesariamente para entrar a la iglesia hay que pasar por la puerta del cementerio, señala De Cela.

De la existencia de este cementerio a las puertas dela Basílica hemos heredado algunos términos. De hecho, ciudadanos de Ponferrada denominan todavía hoy como El Sagrao al atrio del templo, donde antiguamente fueron enterrados muchos de nuestros ancestros y donde todavía hoy permanecen sus cenizas. Son lo restos que nos quedan de esa tierra santa, de ese cementerio que hubo, señala el rector de la basílica.

Las pestes, enfermedades contagiosas, el hambre o acontecimientos históricos como la Guerra de la Independencia hicieron que en muchos casos en la ciudad fuera mayor el número de fallecidos que el espacio habilitado para enterrarlos. Ello obligaba a improvisar cementerios. Hubo muchas muertes y no había sitio para tanta gente y se improvisaban cementerios, en las afueras, en el Carmen o en el Hospital dela Reina, señala el rector.

En el siglo XIX fue cuando se construyó el cementerio del Carmen, el primero extramuros que tuvo Ponferrada, donde antiguamente había existido un convento de frailes. “Fue llevar fuera de la ciudad el cementerio, todo en ese afán de sacar fuera los enterramientos”. Más tarde, en la década de los 60 se construyó el cementerio municipal, el primero cuya propiedad y gestión corresponde al Ayuntamiento. Ya es un cementerio donde los creyentes, los no creyentes, todos, van, ya es como un servicio a la comunidad que se hace, cada uno según su rito, su religión se entierra allí y el responsable de cobrar es el ayuntamiento, explica De Cela.

UN SUEÑO IMPOSIBLE

El rector dela Basílica de la Encina guarda, en este sentido, un sueño imposible porque tiene claro que hoy no hay economía para ello. Su idea pasa, algún día, si tuviera dinero y medios, por construir una especie de cripta en la basílica. Unos trabajos que, según explica, pasarían por levantar el piso actual y hacer una cripta en un sótano donde se pudiera bajar y rezar y sobre todo lo dedicaría a columbario. En él se guardarían las cenizas de nuestros ancestros, de todos aquellos que permanecen todavía hoy enterrados en la basílica.

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