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Opinión


15 de enero de 2016

Una paradoja: teoría y praxis de la lucha de clases


Dado que las ideas socialistas y las organizaciones de trabajadores han girado, fundamentalmente, alrededor de la “lucha de clases”, y que nuestra sociedad en el siglo XXI se muestra apetente de pasados ideológicos remotos, me parece oportuno profundizar en este concepto, al que me aproximaré teniendo en cuenta sus cualidades de principio teórico y de instrumento, la primera presente en la historia de la Humanidad casi desde siempre y la segunda también, aunque su protagonismo y excepcional importancia lo adquiere a mediados del siglo XIX y hasta nuestros días.

En su inicio conviene también acotar esta reflexión en un ámbito más próximo a nosotros que el del comienzo de la historia del hombre, haciéndolo coincidir con el periodo en el que el racionalismo marca el camino que habrá de seguir la sociedad medieval europea hacia las concepciones moderna y contemporánea de los Estados: el Humanismo renacentista o el primer Renacimiento, allá por el siglo XIV, donde se suman las movilizaciones urbanas y campesinas en toda Europa a las ideas que reclaman el protagonismo de la razón y del hombre mismo frente a la sumisión de los más al poderoso y a la religión. Lejos quedará todavía el objetivo igualitario, y será la sublimación de ese racionalismo –que lo agotará–, ya en época de la Ilustración, el que habrá de engendrar los elementos que acelerarán, con mayor o menor fortuna, el proceso: las revoluciones liberales.

El concepto de “clase social” frente al de “grupo social” (tan numerosos como circunstanciales) comienza a apreciarse cuando los pensadores renacentistas tratan de explicar de un modo racional las estructuras sociales de su tiempo basándose en el estudio de modelos históricos previos. Es Maquiavelo (1469-1527) quien plantea que los avances en la libertad nacen de los desacuerdos entre los nobles y el pueblo en la antigua Roma. Es decir, del enfrentamiento entre clases sociales antagónicas: “Sostengo que quienes censuran los conflictos entre la nobleza y el pueblo, condenan lo que fue primera causa de la libertad de Roma, teniendo en cuenta más los tumultos y desórdenes ocurridos que los buenos ejemplos que produjeron, y sin considerar que en toda república hay dos partidos, el de los nobles y el del pueblo. Todas las leyes que se hacen en favor de la libertad nacen del desacuerdo entre estos dos partidos, y fácilmente se verá que así sucedió en Roma.” (Maquiavelo, 1971, 68).

Le cabe el mérito, pues, a Maquiavelo, de haber puesto de manifiesto la lucha de clases por primera vez (López-Espinosa, 2008), si bien limitada por el marco absolutista de su concepción del poder –una visión feudal de enfrentamiento entre el pueblo y los poderosos–, lejos de la que será en una sociedad capitalista cuyos cimientos están siendo puestos en su tiempo (pre-capitalismo o mercantilismo).

El “mecanicismo” (Descartes) engendra el origen contractual del Estado, que se va abriendo paso en el siglo XVII (Hobbes, Locke) y madurará en plena Ilustración con Rousseau y Kant, que dejarán planteado el conflicto en el plano teórico.

Rousseau asociará la propiedad a la desigualdad entre los hombres, profundizando en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, para proponer más tarde, en El contrato social, las bases sobre las que descansarán las revoluciones aún por llegar, y que se resumen en una: la soberanía del pueblo. Si bien las desigualdades generan grupos sociales (privilegiados y desfavorecidos), no es el enfrentamiento entre estos el epicentro del pensamiento de Rousseau. Sí lo serán las fórmulas que hagan imposibles esas desigualdades y que estén encaminadas a la recuperación de la libertad y la felicidad de los hombres, pero desde realidades, tales como la organización del Estado y la educación de los ciudadanos.

La eclosión de la Revolución Industrial y consiguiente industrialización europea, desde finales del s. XVIII, y de forma generalizada a lo largo del s. XIX, tiene entre sus consecuencias la aparición del proletariado en las grandes ciudades, así como la consolidación del capitalismo y de su modelo productivo. Hechos que van a acelerar la aparición de corrientes de pensamiento y de acción sociales, políticas y económicas, y que girarán en torno a la búsqueda de soluciones y modelos al estilo de Rousseau, orientadas a la liberación de la nueva clase proletaria y a la democratización de la sociedad.

Va a ser Marx quien transforme en profundidad la situación, creando un cuerpo teórico y los elementos organizativos para llevarlo a la práctica. Dos son los ejes sobre los que basará su pensamiento: el análisis de los modos de producción y el de las clases sociales. Y un método para pasar de la teoría a la práctica: la lucha de clases. Concepto este que no le será fácil hacer comprender inicialmente a las clases implicadas.

Probablemente esa incomprensión inicial del concepto de lucha de clases por parte de la clase trabajadora –huérfana todavía de su propia condición de clase– desarrollada por Marx, fuera la causa del fracaso de los movimientos liberal-revolucionarios iniciales, de marcado carácter nacional. El marxismo entonces se internacionaliza.

“…desde el momento en que la historia es comprendida como una lucha de dos clases a escala mundial, el partido de la clase revolucionaria debe serlo, por necesidad, desde el principio. La Internacional no es, pues, el resultado de una federación o confederación de partidos nacionales que se unen en una alianza táctica, provisional y circunstancial, sino una realidad global e inmediata que responde a la naturaleza de una lucha encaminada a una revolución mundial.” (Kriegel, 1986).

Experiencia también fallida al ser superada por la propia dinámica de los procesos nacionales y la desigual aceleración de sus sociedades, y que llevará a la II Internacional, esta vez sí como “federación de partidos nacionales, como recurso arbitral para desgajar las fórmulas de conciliación entre las realidades nacionales y la empresa común de revolución mundial. Experiencia de nuevo desafortunada: en vez de la revolución mundial, sobrevino la guerra mundial.” (Kriegel, 1986).

Dado que detrás de cada término (en este caso praxis, pragmatismo, formalismo, instru-mentalismo, etc.) aparece una escuela filosófica (o varias), conviene aclarar que no pretendo entrar aquí en un análisis de la praxis marxista en tanto que categoría filosófica del pensamiento de Marx, como vemos siguiendo a Gramsci o más recientemente al profesor Sánchez Vázquez, recientemente fallecido; acerca del materialismo dialéctico, o de la hegemonía como categoría práctica; ni siquiera de la lógica de la acción marxista, sino que me refiero a la capacidad de adaptación de los métodos de acción –lucha de clases– de sus organizaciones sociales, políticas y sindicales, a las circunstancias del entorno en que han de aplicarse con el objetivo de conseguir el máximo de eficacia.

No menos problemática es la utilización del lenguaje una vez que este forma parte de las ideologías y que, como en el caso del marxismo, los significados así preestablecidos terminan estando implícitos en los propios términos. A este respecto, es muy interesante el trabajo de los profesores Luis Árias González y Francisco de Luis Martín sobre Mentalidad y cultura obrera en la España de entresiglos: vindicaciones, planteamientos e incertidumbres historiográficas, ponencia presentada por los autores al VII Encuentro de la Asociación de Historia Contemporánea, celebrado en Oviedo los días 21 a 23 de febrero de 2002.

Resulta históricamente evidente que el planteamiento marxista de la lucha de clases con el objetivo de destruir y hacer desaparecer a una de ellas, así como con el de la creación de un Estado proletario, es inviable en su expresión máxima y global, a pesar de los éxitos parciales obtenidos en su primera centuria de existencia.

Como también resulta históricamente evidente que gracias al marxismo la transformación de las estructuras productivas y de las relaciones trabajo-capital ha sido enorme en ese mismo periodo. Sin embargo, como ha quedado apuntado, la clase a abatir, el capital y su expresión social, lejos de desaparecer se ha desarrollado y fortalecido hasta el punto de generar nuevos modelos de sociedades que escapan a la lógica marxista formulada en su inicio, y que están a la espera de nuevas formulaciones que aborden y den solución a las nuevas desigualdades y desequilibrios.

Un ejemplo de adaptación (de la praxis marxista) ha sido y es el abandono progresivo por la mayor parte del socialismo ideológico e histórico de las tesis marxistas –básicamente la lucha de clases efectiva–, que llevado a la práctica convierte en permanente su colaboración circunstancial con su clase antagónica, en la estructuración de los Estados, en el ejercicio del poder político y en la defensa y el mantenimiento de un sistema productivo muy lejano en su formulación teórica de sus planteamientos básicos, con la intención, eso sí, de su mejora permanente. Esta adaptación comienza desde el fracaso de los primeros intentos revolucionarios en el s. XIX y llega hasta casi la finalización del S. XX.

LA PARADOJA

Otro éxito incuestionable del marxismo ha sido y es el hacer suyos los valores democráticos, entendiendo por estos no solamente la soberanía del pueblo sino todo lo relacionado con la libertad y los derechos, tanto del hombre como de los pueblos, hasta llegar a construir la gran paradoja que refleja la realidad: sin haber transformado la Estructura (base económica) sino todo lo contrario (el capitalismo ha deglutido cualquier otro sistema productivo), ha sabido generar una Superestructura (política, moral, etc.), una hegemonía («Antonio Gramsci es sin duda, entre los teóricos del marxismo, quien más ha insistido sobre el concepto hegemonía». Gruppi, 1978) cultural en definitiva que domina y se desenvuelve a la perfeccción en las sociedades actuales y que incluso las legitima. Planteada la cuestión de causa-efecto cabe una pregunta: ¿Es realmente una paradoja?

 

 

 

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