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Opinión


14 de agosto de 2020

Zapatos de tacón


Hay una larga lista de pequeñas causas perdidas por las que merece la pena resultar inconveniente. Son instituciones o costumbres denostadas por la ortodoxia dominante y que, también por eso mismo, resultan interesantes incluso sin la pasión del aficionado. Es el caso de la tauromaquia o el uso del «usted», si bien hoy quisiera ocuparme de otra de estas abominaciones: los zapatos de tacón. Pero, como es costumbre entre filósofos, hay que empezar por los cerros de Úbeda.

Hasta que las pantallas hechizaron a los niños, sus juegos los seguían entrenando en las mismas capacidades elementales que había necesitado la especie humana para sobrevivir: correr, saltar, guardar el equilibrio y lanzar con fuerza y puntería. Las mismas que dieron lugar a las modalidades deportivas más antiguas entre las olímpicas. Seguramente por eso nos siguen gustando las competiciones en salto de altura y de longitud, en lanzamiento de disco o jabalina, en disparo con arco y en carreras de relevos, velocidad o resistencia.

La carrera, el salto, el equilibrio y la potencia y la puntería en el lanzamiento han sido las destrezas básicas a las que nos obligaba nuestro bipedismo, al tiempo que las hacía posibles. El sacrificio de la velocidad en la fuga y la persecución para poder erguirse sobre dos pies nos obligó, al tiempo que nos permitió, arrojar objetos con las manos liberadas de la locomoción, pero obligadas a acertar con el lanzamiento.

Hasta la mayor inmensidad puesta en equilibrio sobre un punto se vuelve apenas ingrávida
Como saben bien quienes entrenan la carrera, el salto o el lanzamiento (incluidos el golf, el tenis, el fútbol o el baloncesto), el equilibrio es crucial en la ejecución del gesto del salto, del golpeo o del lanzamiento. También ocurre en la escalada, que corre por cuenta tanto de las caderas como de las extremidades. Todos los gestos de golpear, lanzar o saltar son formas breves de danza, es decir, de movimientos conjuntados y en equilibrio. Toda la biomecánica de nuestra especie, incluidos la posición y el desplazamiento erguido sobre dos pies, depende de una sobresaliente capacidad para gestionar dinámicamente el equilibrio.

Por ejemplo, si el ser humano es un gran porteador es porque sabe distribuir las cargas incorporándolas a su equilibrio en movimiento. Los recién nacidos dedican mucho esfuerzo a integrar el propio cuerpo, porque no es fácil gestionar el peso y volumen del cráneo y el tronco. De hecho, andar es aprender a guardar el equilibrio poniéndolo en peligro, es decir, desplazando el centro de gravedad fuera de nuestra base, en la confianza de poder recuperarlo. Esa confianza es la que frustra la zancadilla. Y de ahí que el hombre sea el único animal al que se puede derribar tan fácilmente poniéndole zancadillas y, por lo mismo, el único que sabe hacerlas.

De entre todas las bestias, solo las aves son también bípedas y por eso nos parecemos más a ellas en muchos aspectos que al conjunto de los mamíferos, incluidos los grandes monos antropoides. Por ejemplo, en los protocolos del cortejo y el apareamiento, las aves no se conducen por el olfato como los mamíferos, sino por estímulos visuales y auditivos, y de ahí los cantos, las danzas y los coloridos plumajes de muchas de sus especies. También el hombre es el único de los grandes mamíferos para el que la vista y el oído son más decisivos que el olfato, y también de ahí la importancia del canto, la postura y el movimiento en el cortejo humano.

Los desfiles de soldados o de moda, los bailes coreografiados y los coros, los conciertos y los cantantes son variantes humanas de la relevancia de la postura, el gesto y el movimiento de cuerpos ataviados de colores, o del sonido y el ritmo concertados en un mismo movimiento visual o auditivo.

Fue Marvin Harris el que aseguró que «en el principio fue el pie». Y es que, en efecto, lo que los monos antropoides tienen son manos, pero no tienen pies. El talón y el arco plantar, junto con el pulgar alineado en paralelo con los demás dedos, componen una anatomía del equilibrio: solo anda el animal que puede ponerse en equilibrio sobre la punta de los pies.

Tampoco en el andar es el ornato lo que se sobrepone a lo útil como lo sobrante, sino que es el exceso dispendioso el que expresa la capacidad de la que deriva el ingenio utilitario. Por eso, en cierto sentido, fue primero la danza y después la marcha, como fue primero la poesía y después la prosa, según Octavio Paz. Anda el animal que puede bailar, como habla el animal que puede poetizar.

Ingravidez
Por eso Homero describe a Atenea, la diosa de la inteligencia, calzada de unas aladas «sandalias doradas para saltar por cima de tierras y aguas». Poder correr por el mundo apenas tocándolo con la punta de sus sandalias es señal de la gracia o el poder de los dioses: la inspirada ingravidez del equilibrio en movimiento.

Esa es la ingravidez que pretenden nuestros bailarines de danza clásica cuando convierten sus saltos, giros y carreras en gestos que apenas tocan el suelo con la punta de sus pies. Hasta la mayor inmensidad puesta en equilibrio sobre un punto se vuelve apenas ingrávida. Es toda la liviana potencia del espíritu humano la que se impone a la pesadez corpórea para llevar el bipedismo a su forma más lograda y extrema: correr y saltar «por cima» del mundo apenas rozándolo.

Higinio Marín Pedreño

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